24/05 Westfjordur
24/05
Nos levantamos muy pronto porque se suponía que a las 8:00 venía el señor que nos iba arreglar el coche, pero no aparece hasta las 8:50 así que desayunamos mientras. El chico se lleva el coche y nos lo devuelve a las 10:30. Ni siquiera hablamos con él, nos deja en recepción las llaves y un mensaje que dice 100% fixed.
Comienza el camino hacia el norte de los fiordos del oeste, algo que después del viaje descubrimos que llaman los Alpes de los Westfjodurs. El camino resulta ser una mezcla de carreteras de asfalto, gravilla y tierra convertida en barro porque sigue sin parar de llover con la ascensión a 4 puertos de montaña, con su correspondiente niebla y hielo en la parte superior. Sufrimos algún momento de desesperación pensando que al día siguiente encima había otros 300 km de carretera por un camino que perfectamente podía ser parecido. Es precioso de cualquier forma, todo nieve o hielo a los bordes de la carretera, laguna azules en medio del hielo, corrientes de agua por debajo del hielo, patos en el medio de la carretera... No tenemos fotos porque no nos atrevíamos a parar por si luego nos quedábamos tirados.
Entre puerto y puerto está la cascada de Dynjandi, aparcamos el coche y subimos andando hasta el pie de la cascada. El camino tiene algunos intervalos donde hay que meter el pie dentro del agua, pero merece la pena, esto no hay que perdérselo. Eso sí, hay que llevar botas de hiking resistentes al agua. Comparando después con otras caídas de agua de la isla, que está llena, tenemos que decir que esta es la que nos llegó al corazoncito. El entorno, la subida, que no hubiera nadie, hizo que esta visita fuese especial. Algo que hay que hacer sí o sí en Islandia es probar el agua de los manantiales y esta era una zona ideal - el mejor agua que hemos probado nunca, no dejéis de hacerlo.
De camino, tras los duros puertos, paramos en un pueblecito a echar gasolina y a tomar un café, Flateyri, recordando haber leído que los perritos calientes en Islandia son un manjar, pedimos uno y ciertamente están buenos, una clara influencia americana.
Comienza el camino hacia el norte de los fiordos del oeste, algo que después del viaje descubrimos que llaman los Alpes de los Westfjodurs. El camino resulta ser una mezcla de carreteras de asfalto, gravilla y tierra convertida en barro porque sigue sin parar de llover con la ascensión a 4 puertos de montaña, con su correspondiente niebla y hielo en la parte superior. Sufrimos algún momento de desesperación pensando que al día siguiente encima había otros 300 km de carretera por un camino que perfectamente podía ser parecido. Es precioso de cualquier forma, todo nieve o hielo a los bordes de la carretera, laguna azules en medio del hielo, corrientes de agua por debajo del hielo, patos en el medio de la carretera... No tenemos fotos porque no nos atrevíamos a parar por si luego nos quedábamos tirados.
Entre puerto y puerto está la cascada de Dynjandi, aparcamos el coche y subimos andando hasta el pie de la cascada. El camino tiene algunos intervalos donde hay que meter el pie dentro del agua, pero merece la pena, esto no hay que perdérselo. Eso sí, hay que llevar botas de hiking resistentes al agua. Comparando después con otras caídas de agua de la isla, que está llena, tenemos que decir que esta es la que nos llegó al corazoncito. El entorno, la subida, que no hubiera nadie, hizo que esta visita fuese especial. Algo que hay que hacer sí o sí en Islandia es probar el agua de los manantiales y esta era una zona ideal - el mejor agua que hemos probado nunca, no dejéis de hacerlo.
De camino, tras los duros puertos, paramos en un pueblecito a echar gasolina y a tomar un café, Flateyri, recordando haber leído que los perritos calientes en Islandia son un manjar, pedimos uno y ciertamente están buenos, una clara influencia americana.
Continuamos el camino hasta Isafjordur, esta vez no nos hace falta subir más puertos, que hay unos túneles que comunica los pueblitos y vamos a través de ellos. Llegamos a Isafjordur y tenemos un apartamento monísimo muy tipo C, que nos transmite una sensación como de estar en casa. Dejamos las maleta y nos vamos a dar de comer a los bacalaos a Sudureyri. Vamos a la única tienda/gasolinera del pueblo y le preguntamos al chico, que nos dice que no tiene cebo, pero nos vende unas sardinas en aceite enlatadas. Nos da indicaciones para que lleguemos al embarcadero del lago, un lago de agua salada y ejecutamos la ceremonia de invocación a los bacalaos que nos ha explicado el chico. Consiste en golpear dos piedras dentro del agua. En unos 5 minutos aparece un bacalao gordito y precioso que devora las sardinas que hemos tirado al agua. Parece que sí que les gustan las sardinas en aceite. Con idea de familiarizarse con el bicho, C le da de comer en la mano mientras le acaricia el lomo y la cabecita y las dos primeras veces le funciona fenomenal. La tercera vez, mientras C sujeta una sardina con su mano derecha, el bacalao se acerca y se mete dentro de la boca la sardina y 3 dedos de C. Al cerrar la boca descubrimos que el bacalao tiene dientes: C tira de la mano, el bacalao sale del agua enganchado a los dedos de C y C sacude la mano para que el bacalao se suelte, y el pobre bacalao acaba devuelto al agua panza arriba del mene. Drama bacalao, la mano de C sangrando, y F muerto de risa, así que vamos de vuelta a la tienda/gasolinera a que se lave las manos y se eche desinfectante. A saber qué tipos de bacterias tienen los bacalaos en la boca. Otra experiencia que no hay que perderse.
Volvemos a Isafjordur con objeto de encontrar una cafetería mirando al mar donde tomar algo, pero en todo el camino al pueblito no hay ni una cafetería, ni un bar, ni un pub, ni nada de nada. Estos islandeses, o no les gusta el mar o beben en sus casas. Total, que cogemos el coche y visitamos los pueblos al final del fiordo, con los ojos bien abiertos por sí vemos focas. Nada muy remarcable, con lo cual volvemos a Isafjordur y adelantamos la cena. Y esta sí que fue la mejor cena de Islandia. El local para cenar era 100% auténtico, una cabaña de pescadores, con grandes mesas para comprtir. El menú es una hoja de papel arrugada y sin precios. Y la camarera te indica que pescados tienen hoy. Ni entrantes ni leches. F se pide bacalao y C un lenguado - la presentación es muy parecida en los dos, en sartén con patatas baby, tomates y alguna verdura y el pescado cocinado en ello. No sabemos cómo lo hacen pero consiguen que cada plato sepa totalmente distinto del otro, uno de los mejores pescados que hemos comido nunca. Y después de eso, una colección de infusiones y enormes termos de café y trocitos de chocolate buffet. Inmejorable.
Después del ajetreado día caemos redondos en la cama a una hora incedentemente temprana.

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